¿Qué elixir de amor me diste?
Te sueño cada día y te tengo al despertar,
te pienso si no estás y nada pienso al estar…
¿Qué embrujo formulaste?
Te adoro como a una diosa y creo en tu normalidad, te vivo en el pasado y en lo que está por llegar…
¿Qué energía invocaste?
Te quiero como a la vida y vivo sin cesar,
te disfruto con la mirada como si no fueras real…
Eres fruta y eres pasión, endulzas y combinas, envuelves y dominas, creas momentos supremos con cariño y dedicación.
Por sentir se siente el aire, por pensar se piensa en dos, por mirar se mira el alma, no hay tristeza ni desaire sólo admiración.
Hace poco alguien dijo “¿dónde queda la lujuria?”, a lo cual respondo
yo “que no venga Afrodita, ni mirar a la Venus quiero, Eros se
sonrojaría y Cupido ni entendería, que por ti yo muero de amor y de
pasión”
Hace tiempo comprendí que la duda es angustia,
que el dolor ajeno no me es indiferente,
que las lágrimas compartidas alivian el alma,
que el olvido no cura la herida,
que la distancia no es una medida…
Hace tiempo comprendí qué es la amistad,
que el darla te ensalza y engrandece,
que al amigo se le busca y se le entiende,
que la indiferencia es mala compañera,
que incondicional no aguanta condición…
Hace tiempo comprendí que el amor es pasión,
que a él se llega con entrega y devoción,
que el querer es complicidad y admiración,
que opuestas no son la locura y la reflexión,
que el cariño y la ternura son la curación…
Y por comprender me faltan cosas,
pero hace tiempo comprendí
que de mí debe salir toda incomprensión.
Cierro los ojos suavemente, muevo las manos
por mi pecho y las detengo en el esternón. Imagino que soy un cirujano y
que con un haz invisible perforo los tejidos hasta llegar a mi corazón.
Mi ser se convierte en éter y penetro por la incisión realizada en la aurícula derecha.
La visión que se me ofrece es espectacular, el flujo de sangre
procedente de todo el cuerpo penetra por allí, en esa gran cavidad. Las
paredes están llenas de fluorescencias de diversos colores: azules,
verdes y amarillos, todos con tonos sutiles, casi apagados. Me acerco a
una de ellas y percibo que es un antiguo recuerdo de mi infancia, sigo
con otro y me veo disfrutando de un día de acampada, el siguiente es el
rostro de mi primer amor de juventud, otro más, el nacimiento de mi
hija… todos ellos están unidos a las paredes del corazón por unas finas
líneas de luz por las que, del recuerdo, salen emociones que transmiten
energía al corazón.
Tras reconocer varias docenas de recuerdos,
paso al ventrículo derecho y lo que veo es muy similar, pero los tonos
de los recuerdos sujetos a las paredes son mucho más intensos,
brillantes y, algunos, deslumbrantes, son recuerdos recientes. Aquí veo,
casi alineados en proximidad, el fallecimiento de varios familiares,
las vacaciones del verano pasado… todos recuerdos recientes. La energía
que transmiten las emociones allí acumuladas es intensa, a veces con
grandes fogonazos, otras con un continuo fluir. Cerca del final, pegados
a la gran compuerta de la válvula pulmonar, están los recuerdos muy
recientes y unos cuantos destacan sobre los demás por su luminosidad: el
día en el que la conocí, su sonrisa y su amabilidad; sus primeros
mensajes; oh! cuando la vi por segunda vez… este recuerdo lo toco y casi
quema de intenso y preciado; sus dedos entrelazando los míos; el primer
beso… a este le envuelven muchos sentimientos: euforia, tensión,
gloria… Casi no puedo apartarme de allí, el éter que ahora soy transita
por la felicidad vivida como si fuera una droga.
No atravieso
la válvula, penetro, a través del tejido, en el ventrículo izquierdo,
donde la sangre entra de un color rojizo intenso, viene, desde la
aurícula izquierda, cargada de oxígeno de los pulmones. Allí las paredes
están plagadas de deseos e ilusiones como la sangre que recorrerá mi
cuerpo dándole vida. Los colores son rojos, naranjas, dorados… unos más
intensos que otros, allí veo el fin de semana que viene, las vacaciones
del próximo verano, sonrisas, alegría, fortuna… más allá mi hija en la
universidad, casada, nietos… Pero me vuelve a ocurrir lo mismo, esta vez
con los más cercanos: hoy cuando la vea a ella y pueda tocar su
mejilla; este fin de semana junto a ella disfrutando con unos amigos;
paseando con ella por la playa… Sé que tengo que salir, pero me cuesta,
la atracción a permanecer allí me domina…
Debo volver a la
realidad, a disfrutar de todos y cada uno de los instantes vividos que
serán preciados recuerdos, recibiendo la descarga de las emociones en mi
corazón y cargándolo de deseos e ilusiones.
Por fin salgo, me materializo… y sonrío.
Enamorarse y amar después de los 40 no parece
fácil, ya que, a pesar de que la base neurofisiológica es la misma, la
social no lo es tanto. Pasados los 40 todos tenemos “mochilas cargadas”
durante las décadas vividas: relaciones anteriores, hijos, cargas económicas y un largo etc. que nos condicionan a la hora de iniciar, o tan siquiera intentar, nuevas relaciones.
Desde mi modesta opinión, enamorarse después de los 40 es una
experiencia más plena y más sensata, ya que parte, como ya he comentado
en otras ocasiones, “del reconocimiento del otro como individualidad y, a
la vez, como parte de sí mismos…”, el paso del enamoramiento al amor es
más suave y rico, entre otras cosas porque la idealización del otro no
es tan extrema, hay un reconocimiento más rápido y una aceptación más
plena de las cualidades/defectos de la pareja.
Diversos
estudios apuntan a que el enamoramiento en los hombres se produce de
forma más rápida y también somos más proclives a fallar en el paso del
enamoramiento al amor, por lo que nuestras relaciones, a nivel
emocional, son más cortas y más intensas. Por el contrario, las mujeres
se enamoran más “medidamente” y llegadas al paso hacia el amor fracasan
con menos asiduidad, lo que produce que haya más mujeres desencantadas
por amor que hombres. En ambos casos, a partir de cierta edad, los
patrones se aproximan, dando como resultado relaciones más equilibradas.
Por último una recomendación: Poner más amor en vuestra vida, os
compensará sobradamente. Estamos más y mejor preparados, tanto para la
bueno como para lo malo.
Soy el genio de la lámpara,
la que da luz en tu habitación,
sólo concedo un deseo, ¡qué cara!,
tacaño vil me llaman, ¡qué pasión!,
el genio del amor os dispara,
tengo por estilo la diversión,
para eso os doy calentura,
queda para vosotros la ternura.
Una pareja pasea por la ciudad, se les ve felices, radiantes, tanto como el soleado día que les ilumina.
Él, con una gran sonrisa en su rostro, le comenta –Imagina este verano,
una tarde al caer el sol, la arena mojada, por las suaves olas, humedeciendo tus pies, mientras paseas cogida de la mano con el amor de tu vida.
Ella le mira de otra forma, con los ojos entrecerrados, y pregunta –¿El amor de mi vida?
Él se para y la hace sentarse en un banco cercano, coge las manos de
ella con las suyas y, mirándola a los ojos, dice –Es fácil imaginarse la
escena y la probabilidad de que ocurra, desde “Imagina…” hasta “cogida
de la mano con” es bastante alta. El resto de la frase surgió natural,
tal y como surgen las cosas sentidas, dichas desde el corazón, no
preparadas y sin haberlas razonado.
No tengo una bola para leer
el futuro, las estrellas no me iluminan mostrando lo que ha de venir,
no sé echar las cartas, ni tan siquiera leer en los posos del café. Así
que, sobre el futuro sólo puedo hacer suposiciones, más o menos
razonadas, o expresar deseos, más o menos sentidos. El final de la frase
contiene un poco de ambas cosas, tanto suposiciones como deseos.
Deseo fervientemente, con todo mi corazón, llegar a ser el amor de tu
vida y en ello he puesto todo mi empeño desde que te declaré mi amor.
Quiero que nuestro amor signifique tanto, y sea tan intenso, que dentro
de mucho tiempo o cuando ya las fuerzas me abandonen, puedas decirme…
“Eres el amor de mi vida”
