martes, 22 de julio de 2014

A medias tintas

A medias tintas me dijeron que mejor era quedarse, en los aspectos de la vida, que el poco compromiso menos quebraderos de cabeza me darían y, así, relajado viviría. Equivocados estaban quienes, al oído, me recitaban “toma la vida con desapego, al dolor y amor ajeno debes estar ciego”

A medias tintas no me quedo, si puedo, en el trabajo, la amistad o el amor. Siempre escribo con trazo gordo y con tinta de la buena, mis palabras son verdad y mis actos no dan pena.

A medias tintas no trabajo y como máxima tengo que hagas lo que hagas hazlo con desparpajo, sino no lo empieces que sólo harás chapuzas y, a buen seguro, te tratarán de gentuza.

A medias tintas no me encontrarás si quieres ser amigo, ya que creo en la amistad, siendo incondicional en las malas o en las buenas. Si sufres lo compartiré, si ríes también lo haré, siempre que lo necesites mi mano te sujetará y de tu dicha la mía se alegrará.

A medias tintas el amor no fluye, ni dura, ni perdura, ni así se construye. Amar es entrega y devoción, pasión y ternura, deseo ardiente y cariño ferviente, comprensión, estima y admiración. Querer es dar y recibir, sentirte uno con el otro, y es, siendo conciso, por encima de todo, compromiso.

lunes, 21 de julio de 2014

Noche plácida de verano

Noche plácida de verano, te miro, mientras paseamos, y te veo en paz, tus gestos son de calma y de tranquilidad. Charlamos, con una copa de vino en la mano, y transmites felicidad.

A la luz de las velas te miro, sin cesar, mientras me cuentas tu verdad, lo que ha pasado o lo que pasará. Las horas pasan como si los minutos nos envolvieran y girasen alrededor, se para el tiempo, se diluye el espacio, casi somos pura energía, pero me haces volver del ensueño porque tus caricias son la realidad.
Ahora te vuelvo a mirar, ¿eres de verdad?, la duda me atrae y me conmueve, pareces un milagro, de esos que no existen, ni existirán. Eres de carne y hueso pero te siento poesía o quizás fantasía, te intuyo como aroma y también como un color o más como arcoíris de amor, te percibo como risa o te imagino como mirada que me arropa y desnuda el alma, poniendo la calma donde anidaba el fragor.

jueves, 17 de julio de 2014

Como un gorrión albino

En la fachada de un edificio, en la Castellana, a unos tres metros sobre el suelo hay un agujero de unos dos centímetros de diámetro, dónde han instalado su nido una pareja de gorriones. El azar de la genética ha querido que una de las tres crías, que han conseguido llevar adelante, sea albina. El gorrión es de un blanco tan puro que, cuando no está en movimiento, parece de porcelana.

Esta primavera, casi coincidiendo con el nacimiento de estos gorriones, se cerró en el Prado una exposición del artista Miguel Ángel Blanco, en la que hacía convivir la naturaleza y el arte. Una de sus intervenciones era un gorrión albino posado en un lateral de las Meninas. El artista imagina que este gorrión vuela hasta la ventana de un lugar ya desaparecido, el Alcázar de los Austrias, para desde allí observar un instante cotidiano de la corte de Felipe IV.

Ahora yo imagino al gorrión albino de la Castellana, en la actual corte de Felipe VI, como a un espectador privilegiado que disecciona esta época de prisas y egos desmedidos, de soledades compartidas o no y de un mirar para otro lado.

A poco que se fije, y comprenda, verá que, a pesar de toda nuestra modernidad y adelantos tecnológicos, poco hemos cambiado, en cuanto a “Humanidad” se refiere, en estos siglos desde un Felipe al otro. La supremacía del “yo” frente al “nosotros”, tanto a nivel familiar como social, es total. La humanidad sigue instalada en las guerras y crueldades sin fin, en pisotear todo lo que haga falta para conseguir nuestros propios objetivos, en ensalzar e idolatrar al que destaque para, después, destrozarlo si podemos, en el bienestar individual por encima del de los demás…

Por supuesto que hay muchos casos de entrega, dedicación, generosidad, empatía…, pero no los suficientes para que supongan una corriente que arrastre y deje inerme y maltrecho al egoísmo imperante, ya sea en forma de maremoto o de un gota a gota incesante y pertinaz que cale profundo en el alma colectiva.

Pensaréis que son un romántico idealista, falto de un baño de realidad, y puede que llevéis razón, ya que, si creyera en la reencarnación, me gustaría reencarnarme, dentro de unos siglos o tal vez unos milenios, en un gorrión albino, para así poder observar la corte del Felipe de turno o la república con cualquier ordinal y quizás, tal vez…, poder entonar un coro de alegres “chipchip” al reconocer y comprender que la humanidad se ha ganado su hache con mayúscula.

miércoles, 16 de julio de 2014

Pasión vs Romanticismo

La propuesta os puede parecer contradictoria ya que, todos tenemos claro, que el romanticismo es, en sí mismo, pasional. Quizás hubiera sido más correcto poner Pasión vs Sentimentalismo, pero se podría ver como una trampa, ya que el sentimentalismo, literalmente, es la apelación a los sentimientos que es, además, característica general del romanticismo. Siendo más concreto, la propuesta debería ser Pasión sexual vs Pasión romántica.

La pasión es una emoción intensa que aparece cuando se establece una fuerte afinidad. Las pasiones se encuentran en seis ámbitos: amor, deseo, gozo, odio, aversión y tristeza. Es, sin lugar a dudas, un estado durante el enamoramiento y la remisión de la misma puede ser el aviso de su agotamiento, tanto si da paso al amor como si no es así.

No cabe duda de que la pasión referida a la sexualidad se ha convertido en nuestros días en un claro exponente del grado de salud de una relación de pareja. No fue tan así en un pasado no tan lejano, donde lo romántico predominaba sobre la sexualidad, siendo en muchos casos inhibidor el primero sobre la segunda.

Por otro lado, el romanticismo o sentimentalismo es una manera de sentir, donde se da una subjetividad y un culto al “yo” y al “otro”, donde tienen cabida la fantasía, la ilusión y la idealización. Aparece en las primeras fases del enamoramiento siendo el hombre, las más de las veces, “el emisor” y la mujer “el receptor” de aquellos mensajes o simbolismos propios de lo romántico.

A día de hoy, puede parecer que el romanticismo está en desuso y los cortejos tienen más componentes de urgencia sexual y “pavonamiento” que de una búsqueda de información sobre: actitudes, carácter, expectativas, cultura, hábitos, etc., que dé paso al establecimiento de una relación con un comienzo romántico que, poco a poco, llevará al conocimiento sexual.

Desde mi punto de vista, la clave está, como en casi todos los aspectos de la vida, en el equilibrio. Una buena dosis de pasión romántica o de atracción sentimental combinada con otra de pasión sexual o de atracción física debe ser la mezcla perfecta que aliente, mantenga y haga duradera una relación de pareja. Cada cual elige las proporciones y la clave está en buscar el equilibrio entre los propios deseos y los de nuestra pareja.

martes, 15 de julio de 2014

El despistado Juan

Hola, me llamo Juan y soy una persona normal, con cosas buenas y otras no tanto, pero, sobre todo, algo despistado. Nada del otro mundo, desde mi punto de vista, pero para aquellos que me rodean lo soy y mucho.

Podría contaros el día que paseando al perro recogí su caca pero, por despiste, lo hice sin bolsa. Cuando me di cuenta ya era tarde y no tuve otro remedio que echarla así a la papelera, limpiarme la mano con un pañuelo y buscar una fuente donde lavarla. Lo peor fue que al regresar llamé al perro y no volvía, hasta que me percaté que el perro hacía días que no había regresado y que llevaba varias mañanas sacando la correa a pasear, recogiendo la mierda de otros perros.

Quizás os riais cuando os cuente que, de vez en cuando, al llegar en el tren de cercanías después del trabajo y al ir a coger el coche para regresar a casa, me doy cuenta de que ese día he ido al trabajo en coche porque ya iba tarde, así que no me queda otro remedio que coger otra vez el tren, regresar al trabajo y volver a casa en mi coche; eso si no me ocurre, esporádicamente, que no lo encuentre y tenga que volver en tren, hasta que dos o tres días después recuerde dónde está aparcado.

Es seguro que ya os parecerá excesivo si os cuento la de veces que he ido a trabajar en sábado o domingo, encontrándome solo en mi puesto de trabajo y cuando, tras unas horas, me doy cuenta por la fecha del ordenador o por el almanaque de la pared de que no es día laborable, recojo mis cosas y salgo por la puerta, aguantando las risas del vigilante que ya no me dice nada al entrar, pero que se parte el culo cuando me ve salir.

Hace mucho tiempo desistí de comprar comida y como a diario en algún bar, ya que si no me dejaba las bolsas en el super, alguna se quedaba donde había aparcado el coche o en el ascensor, quizás llegaba con la compra íntegra, pero todo se me caducaba o estropeaba, si cocinaba me dejaba el fuego encendido hasta que el aceite humeaba u olía a quemado por toda la casa.

En cuanto a tener pareja o familia, hace tiempo que me hice el firme propósito de ni intentarlo. Pocas mujeres aguantan más allá de unos días el que no recuerde que tengo que llamarlas o que sea imposible que me acuerde dónde viven, las más se enfadan rápido cuando se dan cuenta que ni su nombre sé. El terror que me provoca pensar en tener un hijo es supremo, lo podría dejar olvidado en cualquier parte, no me acordaría siempre de darle de comer o cambiarle.

Diréis, como mis amigos, que por qué no apunto las cosas. Os respondería que lo hago a menudo, pero que tengo el problema que luego no recuerdo en que lugar he dejado la libreta o el papel donde apunté lo que tenía que hacer o recordar.

Así que, podéis llamarme Juan, pero no me enfadaré si me llamáis el “Despistado” Juan, como lo hacen mis amigos y conocidos… Creo que algunos me quedan, pero no lo recuerdo bien.


lunes, 14 de julio de 2014

Mujeres Luna

La mujer se internó en la espesura del bosque. Tal y como mandaba la tradición de la tribu, llevaba en una mano la piel que le había dado su madre y en la otra el cuchillo que le había dado su hombre. Cuando llegó a un pequeño claro, iluminado tenuemente por la luna, se acuclilló y empujó con todas sus fuerzas, una y otra vez, gimiendo por el esfuerzo y por el dolor, mientras su cuerpo se cubría de sudor, sintiendo cómo su ser se desgarraba y chorreaba líquido y sangre.

Al notar que ya estaba fuera la cabeza, metió sus brazos entre las piernas y, con un último empujón y un grito que pareció un aullido, cogió al ser que acababa de salir de ella, depositándole sobre la piel extendida.

Consternada pudo comprobar que era una niña. Maldijo a la naturaleza y maldijo a los dioses por no haberla concedido un varón. Ahora estaba obligada, por la ley de la tribu, a matar a su hija con el cuchillo que llevaba para cortar el cordón que aún la unía a ella.

La ley de la tribu mandaba que cualquier mujer que trajera al mundo una niña y ya tuviera otra debería matarla por el bien de todos, se necesitaban hombres para cazar y toda familia debía tener un varón, llevaban varias generaciones con penurias debido a la escasez de animales y una boca más que alimentar aumentaría la agonía de la tribu.

La mujer acercó el cuchillo al cuello de la niña y, en ese momento, ocurrió, lo que no tendría que haber ocurrido, que la niña abrió los ojos y la miró. Un gemido escapó por su garganta y las lágrimas de sus ojos, retiró la mano asesina y cortó el cordón, envolviendo a la niña en la piel y abrazándola con fuerza.

Tras unos momentos de desesperación acabó su agonía y, en su rostro, se dibujó una expresión de determinación. No podía volver con los suyos, así que diseminó sangre por el claro como si una fiera la hubiera atacado y se internó en lo más profundo del bosque.

Durante los meses que siguieron varias mujeres fueron al claro del bosque y tuvieron allí a sus hijos varones o a sus primeras hijas, hasta que una noche, una mujer volvió a gemir y maldecir su suerte y cuando iba a matar a su hija una mano amiga y una gran sonrisa la detuvieron. La mujer, con una luna creciente dibujada en su frente, le contó cómo llevaba meses sobreviviendo en el bosque con su hija y que ella se encargaría de cuidar y criar a la suya también y que no permitiría que muriese ninguna niña más por la ley de los hombres.

Desde entonces, y durante generaciones hasta que la ley cambió, entre las mujeres de la tribu, circuló la leyenda de las Mujeres Luna, aquellas que, siendo hijas de la tribu, salvaban a las niñas, viviendo en lo más profundo del bosque por sus propios medios y con las ofrendas de alimentos que, siempre que podían, les llevaban las mujeres de la tribu.

Cuando la luna estaba en cuarto creciente, se podían oír sus cánticos sobre la fuerza creciente de las mujeres. Los hombres de la tribu jamás llegaron a oírlas, ya que, a la misma vez, todas las mujeres de la tribu también cantaban, resultando inexplicable ésta costumbre, como tantas otras, para los hombres que las miraban, cada vez más a menudo, como a seres extraños.

viernes, 11 de julio de 2014

Llego tarde, llego tarde...

Llego tarde, llego tarde, a una cita importante…

Los “cinco” minutos que he consumido desde que sonó el despertador me hacen dar un bote de la cama y acelerarme. Llego tarde, llego tarde… Me aseo y visto a trompicones, chocando con todo, apenas desayuno, llego tarde, el ascensor tarda y tardo en llegar al coche que tarda en arrancar, no tengo tiempo para llevarlo al taller, el semáforo tarda una eternidad en cambiar y tarda en salir el torpe que va delante… ¡mujer tenía que ser! ¡no ves que llego tarde!

El atasco me hace llegar tarde y tardo un siglo en poder aparcar, la reunión ya ha comenzado y pido perdón por llegar tarde, tardo un buen rato en serenarme y en poder escuchar el incansable blablablá de mi jefa, ¿no comprende, esta mujer, que lo que tarda en resumir sus tonterías harán que tarde más en finalizar los informes que le tengo que entregar esta tarde? La torpeza y la tardanza de mi secretaria, en traerme los expedientes, hacen que llegue tarde a comer la bazofia diaria, así que tardo poco en engullir uno de los platos y vuelo hacia mi despacho, pero tardo en llegar porque los pasillos están abarrotados de gente que no tiene prisa, con sus saludos, parloteos y coqueteos, ¡no ven que no tengo tiempo para perder en estupideces! Llego tarde…

Acabo la jornada laboral y tardo en encontrar el coche, siempre aparcado en sitios distintos, así que tardo en llegar al super y comprar lo que me ha dicho mi mujer por teléfono. Llego tarde a casa porque la cola de la caja es enorme y la cajera tarda eones en pasar los productos ¡parece que va a cámara lenta! y, más tarde, la estúpida de tercero me aburre con sus cantinelas sobre mi tardanza, como presidente de comunidad, en arreglar los temas de los vecinos. Me aseo y tardo en llegar a la mesa a cenar, así que la sopa está casi fría y tardo en darme cuenta que mi hijo me está contando su hazaña de meter un gol por la escuadra, de no sé qué partido, mientras mi mujer tarda tanto con el segundo plato que casi se me han quitado las ganas de cenar.

Tardo en acostarme, porque me siento en el servicio leyendo el periódico y mis tripas tardan en hacer su trabajo. Llego tarde… mi mujer se ha dormido y a ver quién es el guapo que la despierta para echar un polvo rápido porque tengo que madrugar.

Tardo en coger el sueño porque tardo poco en cagarme en la madre que parió al Conejo Blanco de Alicia y su país de maravillas, y eso me desvela porque mañana seguro que ¡llego tarde a una cita importante!